Imagina por un momento: abres el gabinete de tu cocina y escuchas un tintineo familiar. Frascos de vitaminas, cápsulas “naturales”, polvos energéticos, gomitas para el bienestar… La promesa es tentadora: más energía, un metabolismo óptimo, reducción del estrés o incluso la pérdida de peso. Pero, ¿qué pasaría si esta rutina tan arraigada estuviera forzando a tus órganos vitales, como el hígado y los riñones, a un sobreesfuerzo diario?
Es común pensar: “Si es un suplemento vitamínico, debe ser seguro”, o “Si lo encuentro en la farmacia, no hay riesgo”. Esta lógica parece impecable, ¿verdad? Sin embargo, nuestro cuerpo opera bajo sus propias reglas, ajenas a las estrategias de marketing. Responde a dosis precisas, a interacciones complejas y al impacto acumulado a lo largo del tiempo. Aquí reside la verdad incómoda: ciertos suplementos, lejos de ser inofensivos, pueden acumularse, generar irritación, provocar inflamación o sobrecargar los sistemas internos esenciales para nuestra supervivencia.

El hígado, nuestro laboratorio maestro, procesa, transforma y desintoxica; mientras que los riñones actúan como